
Cuando se habla de riesgos entre jóvenes, siempre escuchamos las mismas frases de manual: “no bebas tanto”, “ten cuidado con las apuestas”, “ni se te ocurra probar drogas”. Vale, suena bien en teoría. Pero, ¿qué pasa en realidad? Vamos a contarlo sin rodeos.
El alcohol: empieza antes de lo que imaginas
En Andalucía, la primera copa aparece a los 13 o 14 años. Sí, tan pronto. Y aunque debería sorprendernos, casi nadie se inmuta. El botellón sigue siendo el plan estrella de los fines de semana, y en las verbenas, tardeos o fiestas de barrio no es raro que algún adulto compre bebidas y las pase a los menores “para que no se queden fuera”. Parece un gesto inocente, pero abre una puerta peligrosa: beber antes de tiempo y sin control.
El problema no es solo “coger el puntillo”. Los atracones —esa costumbre de beber lo máximo en el menor tiempo posible— acaban en mareos, discusiones absurdas, accidentes de tráfico y de otra índole y más de un suspenso en clase. Y lo que cuesta aceptar: el alcohol, poco a poco, va dejando huella en el hígado, la memoria y hasta en la forma en la que manejas la ansiedad.
Las apuestas: el “juego” que engancha
Aunque suene raro, casi 3 de cada 10 chavales de 15 a 17 años en Andalucía ya han probado a apostar. Y eso que es ilegal. Cuando llega la mayoría de edad, el terreno está preparado: apps en el móvil a un clic, salones de juego en medio de barrios, incluso a dos pasos de institutos. Al principio parece divertido, un reto, una forma rápida de ganar dinero. Pero detrás llega la cara amarga: dinero perdido, deudas, ansiedad y mentir a la familia y amistades para seguir teniendo dinero con el que apostar.
La verdad es que engancha más de lo que imaginas: 1 de cada 10 jóvenes de entre 18 y 25 años que apuesta online termina con problemas serios de juego. Y ahí el “es solo un juego” deja de sonar gracioso.
Drogas: más cerca de lo que crees
El cannabis sigue siendo la droga ilegal más usada por la juventud. Muchos empiezan a los 15 o 16 años, casi siempre “porque todos lo hacen” o “porque no parece tan malo”. Pero la realidad es otra: memoria floja, concentración por los suelos, falta de motivación… y, en algunos casos, ansiedad o bajones que se vuelven crónicos.
En fiestas y discotecas también se cuelan otras sustancias: pastillas, coca, éxtasis. Se camuflan entre luces de neón y música a tope, pero lo que provocan después es mucho menos divertido: bajones duros, daños en el cuerpo y, a veces, situaciones que se van de las manos.
Lo que nadie cuenta
Lo más triste es que todo esto se normaliza. Se aplaude al que aguanta más copas, se ríe la apuesta “de colegueo” y se minimiza el porro “de relax”. Pero cuando alguien cruza la línea y no puede parar, de repente llegan las críticas, los juicios y el rechazo.

